Las entrevistas a los protagonistas de la XXX edición de los Jueves Flamencos

Las entrevistas de bodegas Ontañón a los protagonistas de la XXX edición de los Jueves Flamencos del Teatro Bretón de Logroño

Hay un lugar —sobrio, recogido, atravesado por una atmósfera casi ritual— donde el flamenco se queda a solas consigo mismo. No hay escenario ni público, no hay el amparo del foco ni la coartada del aplauso. Solo una mesa, dos sillas y el tiempo suficiente para que la palabra encuentre su sitio. Ese lugar no es neutro: es el Templo del Vino de Bodegas Ontañón, un espacio cargado de simbolismo donde la cultura del vino y la del flamenco se reconocen en algo común, una misma idea de raíz y de tiempo. Allí, Pablo García-Mancha ha ido reuniendo a algunos de los nombres más significativos del flamenco actual, todos ellos protagonistas de los XXX Jueves Flamencos del Teatro Bretón de Logroño. Lo que en apariencia son entrevistas independientes termina revelándose como algo más ambicioso: una conversación fragmentada en la que el flamenco, pieza a pieza, se piensa a sí mismo. Gracias al Teatro Bretón de Logroño por su colaboración y a nuestro querido Antonio Benamargo, por toda su colaboración y genial maestría,

Y todo comienza, en realidad, por el principio. Con Lucía Beltrán y Antonio Patrocinio, donde el flamenco aparece en su estado más germinal. No hay discurso elaborado ni necesidad de posicionamiento: hay intuición. En ese espacio íntimo, la conversación se mueve con una cierta fragilidad, como si todo estuviera aún por decirse. El periodista no busca certezas, sino pulsiones, maneras de acercarse al cante y a la guitarra cuando todavía no pesan las etiquetas. Y en esa levedad se instala una idea poderosa: el flamenco empieza siempre de nuevo.

LUCÍA BELTRÁN Y ANTONIO PATROCINIO

A partir de ahí, casi sin transición, esa intuición inicial se conecta con una forma de entender el cante como herencia viva en Lela Soto. En su caso, no hay conciencia de ruptura ni de construcción: el flamenco está ahí desde siempre, en la casa, en la familia, en la manera de escuchar. La conversación se repliega hacia lo cotidiano, y en ese tono bajo aparece una verdad difícil de impostar. Lo que en otros discursos se formula como teoría, aquí se manifiesta como vida.

LELA SOTO

Esa herencia adopta otra forma en Reyes Carrasco y Rubén Lara, donde lo recibido necesita también ser sostenido. En la voz de Carrasco hay una madurez que desconcierta, una profundidad que no se corresponde con la edad. Y ahí el diálogo se desplaza hacia una pregunta inevitable: qué parte del flamenco se aprende y cuál simplemente se encarna. Lara, desde la guitarra, introduce la idea de estructura, de acompañamiento entendido como responsabilidad. Entre ambos, el flamenco aparece como un equilibrio delicado entre impulso y conciencia.

REYES CARRASCO Y RUBÉN LARA

Ese equilibrio se tensiona cuando la conversación se abre hacia otros lenguajes con Laura Calderón y Ekaterina Záytseva. En el Templo del Vino, rodeadas de símbolos que hablan de mestizaje y de tiempo, las dos guitarristas convierten la entrevista en un espacio de cruce. El flamenco deja de mirarse a sí mismo y empieza a dialogar. No hay afán de ruptura, sino de exploración: hasta dónde puede abrirse sin perder su identidad. Y en ese terreno, más que respuestas cerradas, aparecen preguntas que amplían el campo.

LAURA CALDERÓN Y EKATERINA ZAYTSEVA

Cuando irrumpe Israel Fernández, muchas de esas tensiones encuentran un punto de equilibrio. Su discurso no se sitúa en los extremos, sino en una zona intermedia donde tradición y presente conviven sin estridencias. En ese espacio íntimo, su manera de entender el cante se vuelve especialmente clara: evolucionar no es romper, sino ajustar. Afinar el lenguaje sin traicionar su esencia. La conversación adquiere entonces una cualidad casi reflexiva, como si el flamenco se mirara en un espejo sin necesidad de juzgarse.

ISRAEL FERNÁNDEZ

La entrada de Esperanza Fernández cambia de nuevo el tempo. El Templo del Vino se convierte, por momentos, en un lugar de memoria. Su voz —incluso en la palabra— arrastra una historia que no necesita ser explicada. Triana, los maestros, la transmisión profunda del cante aparecen sin énfasis, con naturalidad. El periodista apenas interviene, consciente de que hay presencias que se sostienen solas. Y en ese silencio compartido se instala una certeza: sin memoria, cualquier intento de modernidad se queda en superficie.

ESPERANZA FERNÁNDEZ

Esa memoria, sin embargo, no impide la ruptura. Con Israel Galván, la conversación se desplaza hacia un territorio distinto, más incómodo, más abierto. En el mismo espacio que ha acogido la tradición y la herencia, su discurso introduce la duda: qué ocurre cuando el lenguaje se lleva al límite. Galván no busca destruir, sino entender desde otro lugar. Su baile —explicado más que mostrado— aparece como una forma de pensamiento. Y en esa forma, el flamenco deja de ser una estructura cerrada para convertirse en un campo en movimiento.

ISRAEL GALVÁN

Al final, lo que queda no es una suma de entrevistas, sino una conversación continua que atraviesa el inicio, la herencia, el equilibrio, la memoria y la ruptura. El Templo del Vino de Bodegas Ontañón actúa como hilo invisible que las une, un espacio donde todo se desacelera para que el flamenco pueda decirse sin prisa. Quizá por eso la sensación final no es la de haber asistido a una serie de encuentros, sino a algo más profundo: un arte que, lejos del escenario, se detiene a pensarse para seguir estando vivo.

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