A un lado del Cidacos, frente al casco urbano de Quel, se extiende un paisaje que a primera vista puede parecer solo una ladera horadada por el tiempo. Pero no lo es. Bajo esa peña trabajada por generaciones late uno de los patrimonios más singulares de la cultura del vino en La Rioja: el barrio de Bodegas de Quel, un entramado de calados, lagares, pilas, cubas y luceras que durante siglos funcionó como una auténtica industria popular excavada en la tierra.
No se trata únicamente de un conjunto de cuevas. Es la memoria de una forma de vivir, producir y entender el vino. También es la huella física de un pueblo que convirtió un cerro en bodega colectiva y que hizo de la gravedad, el esfuerzo manual y el saber heredado su tecnología más eficaz.
Un cerro con más de 350 bodegas
Las referencias históricas sitúan el origen y la importancia de este barrio entre los siglos XVII y XVIII. Ya en catastros y descripciones antiguas aparece como un enclave extraordinario. El Catastro del Marqués de la Ensenada, de 1752, recogía la existencia de 224 bodegas fuera de la población, repartidas en los barrios de Las Coronas. Un siglo después, Pascual Madoz elevaba la cifra y hablaba de más de 350 cuevas o bodegas abiertas en la peña dulce que corre junto al Cidacos.
Aquellas cifras no eran un detalle menor. Revelaban hasta qué punto la economía y la vida cotidiana de Quel estaban ligadas al vino. El barrio llegó a funcionar como una suerte de segunda población, paralela y complementaria al pueblo visible. Si la iglesia ordenaba la vida espiritual, las bodegas organizaban la vida material, el trabajo de la vendimia y buena parte de la sociabilidad local.
El escritor y dramaturgo Manuel Bretón de los Herreros, natural de Quel, dejó una de las descripciones más expresivas del lugar. Veía en aquella ladera perforada un universo casi desmesurado: centenares de bodegas, un ascenso duro y pedregoso, y una actividad tan intensa que el paisaje parecía consagrado a Baco. Su mirada literaria confirmó algo que la historia local ya sabía: el barrio de bodegas no era un elemento accesorio del pueblo, sino uno de sus grandes símbolos.
Una arquitectura nacida de la necesidad
La forma de las bodegas de Quel responde menos al capricho que a la lógica del trabajo. Son, en su mayoría, cuevas lineales excavadas horizontalmente, con una estructura muy similar entre unas y otras. Junto a la entrada se situaba el lago, el espacio donde se recibía la uva y arrancaba la fermentación. Al lado aparecía la pila o torco, destinada a recoger y extraer el vino. Más adentro se abrían huecos laterales para las cubas, normalmente de 90 o 200 cántaras, y al fondo quedaba la zona de almacén de barricas y botellas.
La disposición interior respondía a una cadena de trabajo precisa. La uva debía entrar con facilidad, el mosto tenía que correr, el vino había de trasegarse con el menor esfuerzo posible. Todo estaba pensado para aprovechar el relieve, la frescura del subsuelo y el movimiento natural del líquido.
No eran bodegas monumentales en el sentido clásico, pero sí una obra de ingeniería popular admirable. Algunas de las mayores contaban incluso con dos lagos y capacidades de entre 1.000 y 2.000 cántaras, una escala que hoy ayuda a comprender la intensidad de la actividad vinícola que llegaron a albergar.

Una imagen del Barrio de Bodegas de Quel desde la ribera del río Cidacos.
El ingenio de las luceras
Si hay un elemento que distingue con fuerza al barrio de Quel, ese es el sistema de luceras, las conducciones por las que la uva descendía desde la parte alta del cerro hasta cada lagar. En la zona superior del barrio todavía se reconocen esas pequeñas construcciones con puerta de madera que protegían el punto de recepción.
Aquella solución permitía que la vendimia se integrara en un proceso casi perfecto de aprovechamiento de la gravedad. La uva llegaba arriba, caía al interior y comenzaba su recorrido sin apenas necesidad de medios mecánicos. Antes de que la tecnología moderna impusiera otros ritmos, el barrio ya resolvía con inteligencia y sencillez una parte decisiva de la elaboración.
Ese uso de la gravedad no era solo una ventaja práctica. Era una cultura técnica. Una forma de adaptar el paisaje al vino sin romperlo, de trabajar con el terreno en lugar de contra él.
Cómo se hacía el vino bajo tierra
Durante la vendimia, la uva se transportaba en comportillos y se depositaba en el lago. Allí fermentaba entre diez y quince días. El proceso no se medía con instrumentos sofisticados, sino con observación y experiencia: una vela servía para comprobar si la fermentación había terminado. Si se apagaba, el mosto seguía vivo.
En los lagos se pisaba la pasta a diario para romper los granos y facilitar la transformación. Terminada la fermentación, el caldo se dejaba todavía un día más con los hollejos para ganar color, una maceración que, vista desde hoy, revela hasta qué punto aquellas prácticas tradicionales contenían intuiciones enológicas de gran finura.
Después, el vino salía por la canilla y se trasladaba a las cubas, primero en pellejos de cabra y más tarde con bombeos manuales o eléctricos. Lo que quedaba en la pila se trabajaba con cuidado para seguir extrayendo el mejor vino posible. Los hollejos iban luego a la prensa, capaz de ejercer una fuerza de hasta 500 kilos y de completar varias prensadas en una jornada.
En Quel predominaban los vinos tintos, alrededor del 70 por ciento, aunque también se elaboraban claretes. Incluso los restos del prensado tenían valor: con ellos se producían aguardientes y anisados que dieron fama a la localidad. Nada sobraba. Todo formaba parte de una economía agrícola donde el conocimiento y el aprovechamiento iban de la mano.
Mucho más que lugares de trabajo
Las bodegas no eran solo espacios productivos. También eran lugares de reunión, refugio y convivencia. El primer tramo de muchas cuevas funcionaba como estancia familiar. Algunas tenían incluso conductos para evacuar humos, lo que permitía cocinar o calentarse dentro.
Ese detalle cambia la mirada sobre el conjunto. El barrio de bodegas no fue un mero polígono artesanal ante litteram. Fue también una extensión de la vida doméstica y comunitaria. Allí se trabajaba, sí, pero también se esperaba, se conversaba y se compartía el tiempo duro y decisivo de la vendimia.
La singularidad del lugar se refuerza además por su condición jurídica y social: eran espacios privados en suelo de uso público o comunal. Para excavarlas había que pedir permiso al Ayuntamiento, pero muchas no figuraban formalmente en registros como hoy esperaríamos. Aun así, pasaban de una generación a otra como bienes cargados de valor material y simbólico.

El interior de la bodega de Ontañón Familia en el barrio, con los bocoyes primigenios.
Un trabajo completamente manual
La construcción de estas cuevas se realizaba en invierno, cuando la lluvia y el frío impedían trabajar en el campo. Se excavaban a pico, pala, azadón, barra, barreno, maza y puntero. No se emplearon explosivos. Era un trabajo paciente, físico y experto, a menudo realizado por cuadrillas llegadas de zonas sorianas como San Pedro Manrique y Yanguas.
La precisión era fundamental. Había que abrir la nueva bodega tomando como referencia las ya existentes, calculando espesores y distancias para no comprometer la estabilidad del conjunto. Algunos especialistas, según recoge la documentación, eran capaces de intuir la proximidad de la cueva vecina a base de golpes y resonancias en la pared.
Ese saber práctico, transmitido de mano en mano, convierte al barrio en una obra coral. No responde al diseño de un solo arquitecto, sino a la acumulación de decisiones de cientos de viticultores y excavadores a lo largo del tiempo.
El declive y la permanencia
Como tantos paisajes tradicionales, el barrio de bodegas de Quel también conoció el declive. La creación en 1947 de la Cooperativa de San Justo fue un punto de inflexión. La elaboración se concentró progresivamente en nuevas instalaciones y muchas cuevas perdieron su función principal. A ello se sumó la crisis del viñedo de finales de los años sesenta, que redujo superficie cultivada, número de viticultores y uso efectivo de las bodegas.
Algunas todavía siguieron elaborando vino. Otras tuvieron usos puntuales, como el cultivo de champiñón en los años setenta, aunque por poco tiempo. Pero el barrio, aun herido por el cambio de época, no desapareció. Permaneció como estructura, como paisaje y como depósito de memoria.
Hoy sobreviven en torno a doscientos calados, suficientes para comprender la magnitud de lo que fue y para defender su valor patrimonial.
Patrimonio vivo, no decorado
Hablar del barrio de Bodegas de Quel no debería equivaler a hablar de una postal pintoresca. Su interés va mucho más allá de la estética. En ese cerro se resume una parte esencial de la historia de la viticultura riojana: la adaptación al medio, el trabajo comunal, la arquitectura excavada, la transformación del vino y la relación íntima entre economía rural y cultura material.
Lo que hace excepcional a Quel no es solo el número de bodegas o la belleza áspera del conjunto. Es el hecho de que allí todavía puede leerse, casi paso a paso, cómo un pueblo convirtió la necesidad en patrimonio. Desde la llegada de la uva por las luceras hasta el prensado final de los hollejos, todo el proceso dejó marcas físicas en la roca.
En tiempos en que el vino se cuenta cada vez más desde el marketing, lugares como este recuerdan algo básico: antes que marca, el vino fue territorio, trabajo y comunidad.

Las luceras por donde se echaba la uva a cada lagar merced al ingenioso sistema de elaboración por gravedad.
La ladera donde sigue respirando la historia
El barrio de Bodegas de Quel sigue en pie como una ciudad subterránea que resiste al olvido. Bajo su apariencia silenciosa conserva siglos de esfuerzo, de vendimias, de fermentaciones y de vida compartida. Cada calado es una cápsula de memoria; cada lucera, una lección de ingenio campesino; cada lagar, una prueba de que la cultura del vino también se construyó con piedra, barro y oscuridad.
En un momento en que tantas identidades rurales buscan cómo contarse sin caer en la nostalgia vacía, Quel tiene una respuesta poderosa: mirar a sus bodegas. No como ruinas, sino como legado. No como decorado, sino como relato vivo de una comunidad que supo horadar la tierra para levantar, bajo ella, una de las historias más singulares del vino riojano.
Si quieres, en el siguiente paso te lo convierto en una versión más literaria, más de prensa local, o más pensada para revista turística o suplemento cultural.
