En el Museo de Bodegas Ontañón, en Logroño, el bailaor sevillano Israel Galván conversa con Pablo García-Mancha en el marco del ciclo Flamencos en Ontañón 2026. La charla, grabada en el evocador espacio del Templo del Vino, constituye un testimonio lúcido y sin adornos de uno de los creadores más personales y disruptivos del flamenco contemporáneo.
Galván remonta su vínculo con el baile a los primeros años de vida, con una naturalidad que disuelve cualquier separación entre origen y vocación: «Bailo desde niño. Es cosa de familia. No recuerdo un día en que no bailara, ni un solo día que me enseñaran a bailar. Ya sabía. Al final, el baile se me metió, pero el arte en general era lo que yo estaba mirando. No me gustaba bailar como me decían que tenía que bailar, no me gustaba bailar como se suponía que debía hacerse. Entonces, simplemente mirando el arte en general, me di cuenta de que mi herramienta era el baile. Podía hacer arte con él porque ya lo llevaba dentro desde pequeño».
SU PROPIO LENGUAJE
La construcción de su propio lenguaje surge como un proceso lento y deliberado: «Crear tu propia gramática personal no se consigue de la noche a la mañana. Más bien hay un proceso de búsqueda, de significados. Creo que todos los movimientos son posibles y quiero estar en un ambiente donde haya movimientos que aún no se puedan hacer». Sobre su relación con el flamenco, Galván se expresa con una libertad conquistada y serena: «Vi que en el flamenco, tal como es, no hace falta bailar para ser flamenco. Uno es flamenco. En la parte plástica, en la parte rítmica, el hecho de tomar la libertad de decir que yo soy del flamenco, porque no tengo miedo a decir esto no es flamenco o esto es flamenco. Yo soy flamenco ahora, porque desde niño lo que he visto, lo que he hecho, lo que he absorbido… Tomo la libertad de concepto, de movimiento y de sonido. Es una gramática limpia».
Esa libertad no fue un capricho estético, sino una cuestión de supervivencia: «Lo hice por supervivencia, sí. Porque si no bailo como quiero o con lo que hago, no podría seguir bailando. Las barreras eran mentales, filosóficas: esto es lo que hay que hacer porque siempre se ha hecho así. Uno puede crecer, pero dentro de este marco; fuera de este marco ya te posicionan como un extraño, eres un cuerpo extraño».
Reconoce la función protectora y limitante de las escuelas: «Las escuelas se crean, se crean formas para que no se pueda traicionar. Por ejemplo, yo me traiciono mucho a mí mismo. Empiezo a bailar y, pasados dos años, bailo de una manera completamente diferente o hago una pieza, pero me voy a otro sitio porque no soy esclavo de la escuela. El flamenco tiene mucho de eso. También había un miedo: el público, los artistas, incluso el crítico… Había cierto miedo, había un tabú».
DESCUBRIR EL SILENCIO
Los primeros años de su trayectoria estuvieron marcados por la incomprensión mutua: «Hubo un momento en que nadie lo entendía. Los bailaores flamencos decían que no era flamenco y los bailarines contemporáneos decían que era flamenco. Era una cosa extraña entonces. Pero recuerdo que en Francia descubrí el silencio, porque cada vez que bailaba en España la gente hablaba mucho».
En el centro de su concepción del baile se encuentra una imagen radical y poética: «Siempre me gusta dejar el cuerpo muy libre. Creo que cuando bailo dejo mi cuerpo muy vacío para que entren los recuerdos, para que entre la gente… el baile mismo es un ritual». Rechaza explícitamente la noción tradicional de coreografía: «Yo lo llamaría más bien transformaciones que coreografía. No soy de los que dicen ‘he montado una coreografía’. No, no, no».
Por último, define la esencia del flamenco con una metáfora orgánica y despiadada: «Es un virus que necesita evolucionar, es decir, necesita estar constantemente vivo. Matar, matar y coger, coger esto, coger aquello».
La conversación se desarrolla como un pensamiento en acto: fluido, reflexivo y profundamente coherente. Las palabras de Israel Galván dibujan el retrato de un artista que ha convertido la búsqueda incesante, la traición a uno mismo y la vaciamiento del cuerpo en los pilares de su creación.

