En el corazón de las bodegas Ontañón, donde el aroma del vino se mezcla con el duende del flamenco, el periodista Pablo García-Mancha conversa con dos de las promesas más brillantes del arte jondo actual: la cantaora sevillana Reyes Carrasco y el tocaor malagueño Rubén Lara. El encuentro forma parte del ciclo “Flamencos en Ontañón”, que celebra 30 años uniendo cultura del vino y flamenco, y refleja el espíritu de una nueva generación que hereda la tradición pero la vive con naturalidad y pasión. Reyes Carrasco, nacida en Los Palacios y Villafranca (Sevilla) en 2006, tiene apenas 20 años y ya cuenta con un currículum impresionante. Hija de la cantaora María José Carrasco, desciende de un linaje flamenco notable: Joaniquín, Curro Malena y raíces de Lebrija y Jerez. Desde los dos años cantaba por casa. “Es algo que hago todos los días porque me gusta y porque me sale natural”, explica con madurez. Aprendió escuchando a su familia, viendo vídeos y estudiando de forma autodidacta. Sus referentes principales en el cante femenino son Pastora Pavón (La Niña de los Peines) —a quien menciona con cariño—, Bernarda de Utrera, Amarelu o los Villar. Rubén Lara, nacido en Málaga en 1993, es uno de los guitarristas de acompañamiento más solicitados de su generación. Aunque su familia es oriunda de Cañete la Real (pueblo al que siempre reivindica con orgullo), creció en Málaga, donde empezó a tocar a los 10 años y se formó en las Escuelas Municipales de Flamenco con maestros como Antonio Soto. Ha tocado profesionalmente desde los 17 años. Sus influencias recorren desde Sabicas y Ramón Montoya hasta Diego del Gastor (cuyo estilo le impactó profundamente), su sobrino Dieguito, Juan Requena y también las fusiones de Paco de Lucía.
La química de un dúo reciente pero sólido
Aunque se conocen desde hace relativamente poco, la conexión entre Reyes y Rubén es evidente sobre el escenario. “Me siento cómoda con él”, confiesa la cantaora. Esa complicidad se traduce en feeling, miradas y transmisión emocional. Ambos coinciden en que el flamenco no se ensaya como una pieza fija: surge del corazón y del compás compartido. Rubén destaca que los tocaores experimentados aprenden a “coger” al cantaor cuando se va del compás o desafina La entrevista está llena de anécdotas, humor y reflexiones profundas. Rubén recuerda con cariño las largas clases con su maestro Antonio Soto (que a veces terminaban a las tres de la mañana) y comparte historias con figuras como Cancanilla. Reyes habla de la presión familiar por cantar ciertos estilos y de cómo ha ido encontrando su propio camino dentro del legado que lleva en la sangre.
Flamenco y vino: afinación, aroma y alma
Uno de los momentos más bonitos de la charla surge al comparar el flamenco con el vino. Ambos artistas y el entrevistador hablan de “finesse”, aroma, pasión y soul mientras brindan. El flamenco, como un buen vino, requiere tiempo, conocimiento y, sobre todo, sentimiento. No basta con la técnica: hace falta duende. Reyes y Rubén representan esa juventud que respeta profundamente la tradición oral, pero que también se ha formado de manera más estructurada (escuelas, estudio personal y escucha activa). Hablan con admiración de los maestros antiguos y con ilusión de seguir creciendo. Rubén quiere seguir explorando las posibilidades de la guitarra; Reyes sueña con cantar con verdad en los grandes escenarios. La entrevista deja una sensación clara: el flamenco sigue vivo y fuerte cuando hay artistas como Reyes Carrasco y Rubén Lara, que lo viven como algo cotidiano y extraordinario a la vez. Ella con una voz que ya apunta maneras de las grandes cantaoras actuales; él con una guitarra sensible, respetuosa y con personalidad propia. Al final del encuentro queda flotando en el aire de la bodega esa verdad tan flamenca: el arte jondo no se explica del todo. Se siente. Y en esta conversación, se siente con fuerza. Reyes Carrasco y Rubén Lara no son solo dos jóvenes talentos. Son la prueba de que el flamenco continúa latiendo con autenticidad en el siglo XXI.

